ARGELIA: UNA APROXIMACIÓN
ECONÓMICA A LA CRISIS

Resumen hecho por el “Observatori Solidaritat” del artículo
del Profesor de Economía Iván Martín

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INTRODUCCIÓN

El conflicto de Argelia ha merecido análisis culturales, religiosos o políticos, pero es necesario aportar una visión desde el punto de vista de la economía, que seguramente será parcial, pero a la vez imprescindible.

Argelia, que hasta hace poco era un ejemplo de esperanza de progreso para muchos países del Tercer Mundo y prototipo de una política de desarrollo autónoma, es hoy una pesadilla. La visión predominante de las cancillerías europeas, es que la causa de la crisis estaría en la incapacidad del Islam para adaptarse a la modernidad, cristalizada en un sistema capitalista más o menos mixto y una democracia representativa con garantías en el ámbito de los derechos humanos (que el régimen pro-occidental no parece respetar demasiado), cuando no en la inclinación natural al terrorismo de los fundamentalistas islámicos. Esta visión fue la que llevó a Europa a mirar hacia otro lado cuando se anularon las elecciones en 1992, que previsiblemente habría ganado el FIS.

Desde posiciones más comprensivas con la tradición y la sociología del Islam, los intentos de análisis han apuntado hacia tres hipótesis conspirativas:
1) o bien se trata del ejército, que está interesado en mantener un clima de violencia que justifique su perpetuación en el poder como garantía de orden, cuando no promotor de grupos islámicos armados (GIA) para acentuar las disputas entre los grupos islámicos, como asegura un antiguo oficial desertor (Der Spiegel, 1998).

2) o bien se trata de una estrategia perversa en pro de determinados intereses económicos. El exponente más reciente de esta tesis es Alain Joxe (1997), según el cual.

“Cualquier observador de las matanzas organizadas en tierras ricas y de expansión urbana sabe que no se asesina en masa en este tipo de territorio sin que haya detrás una operación financiera, ya sea para recrear latifundios, provocando la huida precipitada de los miembros de las cooperativas formadas después de la independencia, ya sea para limpiar el terreno de cara a una especulación urbana”.

3) o bien se trata del legado envenenado de la época colonial francesa.

Pero para entender la actual degeneración de la situación en Argelia, es necesario tener presente la dinámica intrínseca y los efectos sociales de la política de industralización y de explotación de los recursos petrolíferos aplicada durante los años setenta y primera mitad de los ochenta. Argelia ofrece un ejemplo de manual del fracaso de la política de industrialización por substitución de importaciones (modelo ISI). Esto provoca una acusada dependencia del exterior de la economía argelina y la marginación económica de amplios sectores de la población, lo que ha constituido un substrato sociológico favorable al fundamentalismo islámico. En última instancia, la crisis argelina constituye un conflicto por la apropiación de las grandes rentas del petróleo.

 

LA POLÍTICA INDUSTRIAL

Aunque, inicialmente, la ideología del Frente de Liberación Nacional, que gobernó Argelia durante el período postcolonial, favorecía la autogestión y la colectivización, en la práctica esto sólo se llevó a cabo en la agricultura, después de la expropiación de las propiedades coloniales y la creación de cooperativas. En el resto, la economía argelina se configuró como una economía de planificación central con propiedad estatal de los medios de producción, con el objetivo de favorecer un desarrollo endógeno que asegurara la independencia económica y política de Argelia. El instrumento utilizado para esto tenía que ser la valorización de los recursos argelinos, especialmente de los hidrocarburos.

En 1962, las exportaciones de hidrocarburos sólo suponían el 12% del total, después de la crisis del petróleo de 1973, y en los sucesivos años han llegado a suponer el 93%. En la actualidad, los ingresos del petróleo suponen el 60% de los ingresos del Estado. Desde 1974, la economía de Argelia puede calificarse de economía de renta, en la que los ingresos por los hidrocarburos suponen la fuente fundamental de acumulación y de financiación del desarrollo.

Después de la primera fase de nacionalizaciones, a partir de 1975, el régimen argelino se embarcó en una política de promoción de las “industrias industrializantes” articulada alrededor de la construcción de dos grandes “Polos de Desarrollo” que adoptaron la forma de enormes complejos de industria pesada (como el complejo de EL Hadjar, al lado de Annaba). Al menos la teoría, decía que todo esto generaría un proceso de crecimiento acumulativo que contribuiría al desarrollo endógeno de las fuerzas productivas. Esto supuso un esfuerzo inversor en la industrialización muy grande, pero a la vez, todo esto fue en detrimento de la producción de bienes de consumo, y de las inversiones necesarias para afrontar las infraestructuras urbanas requeridas por el rápido crecimiento demográfico y urbanístico.

Esta concentración industrial, aunque contribuyó a aumentar la mano de obra industrial de uno a dos millones de trabajadores, no fue capaz de crear puestos de trabajo suficientes para absorber ni el efecto del éxodo rural, ni el del crecimiento demográfico.

 

EL FRACASO DE LA POLÍTICA DE LA INDUSTRIALIZACIÓN

El proceso de industrialización fracasó por dos motivos estructurales fundamentales (además de la extensión de la corrupción).

1) Los dirigentes argelinos, con una formación cultural francófila y enfrentados al reto de construir una industria moderna desde cero, no dudaron en recurrer a las grandes empresas multinacionales y a técnicos extranjeros para la construcción y gestión de los grandes complejos industriales, sin preocuparse del desarrollo de una tecnología propia. Esto provocó que las grandes industrias, sin preocuparse del desarrollo de una tecnología propia. Esto provocó que las grandes industrias argelinas se transformasen, en el mejor de los casos, en “industrias de enclave”, sin ninguna capacidad para estirar ni del lado de la demanda ni del lado de la oferta de otros sectores industriales.

2) Pero todavía más grave fue el otro motivo. La estrategia de industrialización por substitución de importaciones, en lugar de estar basada en la apropiación del excedente del sector agrícola, se sostuvo totalmente en las rentas del petróleo, lo que más tarde resultó nefasto. Y es que el Estado argelino, aunque capaz de controlar la distribución del excedente económico externo apropiado mediante la exportación de hidrocarburos, no controla su formación, que depende de la evolución de la oferta y la demanda de energía en los mercados internacionales. Todo esto supuso el abandono de la agricultura como base productiva de la economía nacional. Y, al no integrar la agricultura en el sistema económico nacional, se marginaba al mismo tiempo a la población rural, mayoritaria hasta la década de los 80.

El resultado de todo esto, además de la expulsión del campo de una parte importante de la población rural, sin que esto significase que existiera alguna alternativa económica mejor en las ciudades, es que, en la actualidad, la agricultura argelina satisface menos del 2% de las necesidades alimentarias nacionales.

De la producción de gas natural, un poco más de la mitad sale hacia Europa por los dos grandes gasoductos intercontinentales, el Transmediterráneo (une Argelia con Italia desde 1983) y el Euromagrebí (operativo desde 1996), que nutre España, además de Portugal y Marruecos. Italia es de momento el principal cliente del gas argelino. La inseguridad del país y las acciones de los grupos islámicos no han afectado de momento, ni al comercio ni al desarrollo del sector.

 

CONCLUSIÓN

Argelia es una economía dependiente de los mercados internacionales de su único producto exportable (los hidrocarburos), del crédito internacional (y el condicionamiento que comporta la necesaria renegociación periódica de la deuda) y de los proveedores internacionales de sus productos básicos de consumo. Aunque esta política redistributiva aplicada por el Estado ha situado a Argelia entre los países con un Índice de Desarrollo Humano medio (IDH), su desarrollo humano no se corresponde con el grado de desarrollo económico a que ha llegado. Según la variable del PNB por cápita. Argelia estaría situada en la posición 65 de la clasificación mundial. En cambio, en la variable de desarrollo humano (IDH) estaría situada en la posición 82, es decir, baja 17 posiciones.

El efecto distorsionador de la renta derivada del petróleo y el dominio del principal agente económico –el Estado- por una elite militar y tecnocrática cristalizó en una extendida corrupción y en que los principales circuitos de distribución de la renta y la riqueza, en lugar de obedecer a los flujos económicos o al modelo de distribución explícito, tuvo como eje el clientelismo y el nepotismo.
La renta se concentró en una pequeña porción de la población (no más de un 20%) integrada en el sistema socioeconómico, constituida por la elite política, el funcionariado, y el ejército, una pequeña burguesía privada y la clase formada por los obreros industriales, además de los intelectuales, mientras que el resto de la población –población infraurbana empobrecida, campesinos, jóvenes parados – quedaba marginada.

Todo este descontento explotó en los incidentes de octubre de 1988 (revueltas del pan), que simplemente obedecían a la carestía de alimentos y otras necesidades. Esto dio lugar a una pequeña apertura política y democratización del orden político (que más tarde llevaría a la victoria del FIS). En el ámbito económico, la respuesta fue intensificar una política de ajuste (liberalización de mercados y desregularización de sectores) y la aplicación del estricto programa de austeridad económica del Fondo Monetario Internacional (FMI). La represión de las revueltas y la profundización de la situación económica de la población argelina hicieron posible la capitalización del descontento hacia la única fuerza política que se configura como una alternativa real al régimen existente: los partidos islamistas.

 

LA TRANSCENDENCIA DE ARGELIA

Hay al menos dos razones por las que lo que está sucediendo en Argelia supone una extraordinaria trascendencia para Europa: la dependencia energética europea respecto al gas natural y el espectro de la emigración masiva a Europa y el contagio del “mal islámico”.

Si cogemos el caso de España, según el Plan Energético Nacional (PEN), entre 1995 y el año 2000 el consumo de gas en España, que ya supone el 11% de la energía primaria consumida en este país, se tendrá que incrementar en un 71% (hasta 12.000 millones e m3 anuales); de este consumo nacional de gas, a principios de 1997 el 36% se canalizaba a través del gasoducto Euromagrebí, y el 24% llegaba en forma de gas licuado desde Argelia (lo que suponía el 60% de las importaciones de gas). Si tenemos en cuenta que el PEN prevé un aumento del consumo de un 61% y que el modelo energético español se ha planificado sobre la previsión de una oferta abundante del gas argelino, y que un 21% de este consumo proviene de Libia, se puede entender el riesgo energético que supone para España una guerra civil en Argelia. Lo mismo sucede con el resto de países del Mediterráneo, especialmente en el caso de Italia.

En el resto de la UE, el consumo de gas es proporcionalmente más grande, excediendo el 20% del consumo de las diferentes energías nacionales, si bien el grado de dependencia del gas de Argelia es menor, gracias a las ramificaciones del gasoducto que viene de Siberia y a la mayor proximidad del gas de los Países Bajos (aunque estas reservas bajarán a partir del año 2000).

El factor de la emigración también es importante. La presión demográfica, el malestar social y la falta de oportunidades pueden impulsar a la población argelina a emigrar (se estima que 400.000 argelinos han abandonado Argelia en los últimos cinco años). Por ejemplo, desde el año de las revueltas del pan (1988), la política inmigratoria francesa no ha parado de endurecerse, mientras que antes de aquel año los inmigrantes argelinos no necesitaban visado.
El peligro de contagio del problema islámico en Europa, propagado a través de la población argelina en Europa, y el todavía más preocupante peligro de que el fenómeno islámico se traslade a países vecinos como Marruecos o Túnez, igualmente cercanos a Europa, y con estructuras demográficas, sociales y económicas similares a Argelia.

 

EL PAPEL DE LA UE

Un informe de evaluación elaborado en 1989 por el Consejo Económico y Social de la CEE calificaba de “francamente decepcionante” la cooperación tecnológica, de investigación y de desarrollo e industrial con los países mediterráneos, señalando que el comercio de hidrocarburos había sido regido en todo momento por criterios de estricto interés comercial, sin que estos productos llegasen a ser la clave de una cooperación para el desarrollo de los países productores (como Argelia).
En el caso de Argelia, la política de cooperación comunitaria se ha centrado en la prioridad absoluta de apoyo al régimen en el poder, ante el miedo a que la inestabilidad social o el acceso al poder de los islamistas pusieran en peligro las inversiones de las empresas europeas o el flujo transmediterráneo de hidrocarburos.
La política de la UE respecto Argelia ha sido frustrante: caracterizada por una cierta inhibición, materializada por el elevamiento del asunto a las Naciones Unidas, y difusas referencias a la necesidad de poner en marcha mecanismos de ayuda humanitaria. Pero el caso de Argelia es completamente diferente al de Rwanda o Sudán, la población argelina, ni está amenazada por una catástrofe humanitaria, ni el país tiene escasez de recursos para el desarrollo. Lo que hace falta en Argelia para superar el clima de terror y la desarticulación social es impulsar la vertebración política –mediante un diálogo con la oposición islamista y la democratización- y movilizar las rentas del petróleo a favor de una estrategia de desarrollo sostenido que favorezca al conjunto de la población.

A pesar de todo, la UE tiene un importante papel que jugar. En la actualidad, la cooperación en el ámbito económico entre Argelia y la Unión Europea pasa necesariamente por la conclusión de un Acuerdo de Asociación Euromediterránea (similares a los hechos con Túnez y Marruecos) que configure el marco general de cooperación definido por la Conferencia Euromediterránea de Barcelona de 1995, cuyas negociaciones se encuentran bloqueadas. Aunque este acuerdo se centre básicamente en un aspecto energético, estaría bien que se contemplasen cuestiones clave para cualquier estrategia futura de desarrollo en Argelia:

-Aligerar la deuda externa, contemplando su reducción o reconversión (como ya está previsto en la Política Mediterránea Renovada). Reducir de manera permanente el servicio de la deuda es un requisito previo para liberar los recursos necesarios para impulsar cualquier política que vaya más allá del estricto saneamiento económico y liberalización de los mercados, así como para reordenar las inversiones públicas del sector de los hidrocarburos (o, lo que es lo mismo, de la generación de divisas) hacia las actividades que creen empleo.

-La cooperación técnica y financiera en el sector agrícola y la diversificación de las exportaciones. Aunque cualquier incremento de las exportaciones agrícolas argelinas a la UE tendrá que ser forzosamente modesta, la apertura del mercado agrícola comunitario a los productos argelinos es un paso necesario para promover un progresivo reequilibrio de los intercambios comerciales;
-El fomento de la progresiva integración horizontal con Túnez y Marruecos (reforzada ya por los gasoductos, aunque sólo supone un 5% de sus intercambios externos), sin la que la creación de un espacio económico euromediterráneo no tendría sentido y reproduciría los esquemas de relaciones económicas neocoloniales.

El proyecto de creación de un área de libre comercio, en el marco de la Asociación Euromediterránea, para el año 2010, está polarizando la mayor parte de la cooperación comunitaria. La liberalización total de los intercambios llegaría previsiblemente en el momento en que se produjera una inflexión de los ingresos por exportaciones de hidrocarburos y cuando la población argelina llegase a su punto máximo de crecimiento. Los efectos de la creación de una zona de libre comercio entre la UE y los países mediterráneos serían marginales para Europa y masivos para estos países. En todo caso, se trata de unos efectos muy indeterminados y, por la dinámica inherente del mercado, difícilmente reversibles, lo que configura todo un experimento de ingeniería social y de economía internacional extremadamente arriesgado. No parece que sea eso lo que más necesita Argelia en estos momentos.

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